San Cristóbal, por Julio César GarcÃa Espinal. - En un mundo saturado de imágenes, ruido y velocidad, el arte -ese espacio de contemplación y profundidad-parece estar perdiendo su lugar. Pero el arte, para existir, necesita dos sujetos: quien lo crea y quien lo recibe. Entre ellos se forma un lazo invisible, capaz de atravesar el tiempo y el espacio. Es una conexión única, Ãntima y a la vez universal.
El
creador suele habitar un mundo interior donde encuentra lo que algunos llaman
“la musa”, una figura-real o imaginaria- que lo inspira a pintar, componer,
escribir o actuar. A menudo los artistas la mencionan como si fuera ajena a
ellos, cuando en realidad es una excusa elegante para encubrir su propia
sensibilidad. Es un recurso que ha acompañado a los grandes creadores a lo
largo de la historia, no para evitar el mérito, sino para darle un halo de
misterio a su vocación.
Pero
el arte no vive solo en quien lo produce. El receptor también necesita una
cierta disposición: sensibilidad, formación, tiempo. Escuchar a Mozart o a
Beethoven puede ser una experiencia sublime para quien ha educado su oÃdo, pero
un tormento para quien ha crecido sin contacto con la música clásica. Lo mismo
ocurre al contemplar una pintura de Rafael o Van Gogh: lo que uno ve depende,
en gran medida, de lo que uno sabe, siente y ha vivido.
Ver
una ópera de Verdi o de Strauss no es solo un acto estético, es una prueba de
acceso cultural que no todos pueden superar. No porque falte inteligencia, sino
porque en muchos paÃses, la educación artÃstica ha sido marginada o
directamente anulada. Por eso no es raro que este tipo de expresiones queden
fuera del alcance de la mayorÃa. No es elitismo decirlo; es constatar una
realidad preocupante.
Escuchar
un poema de Almafuerte, de Neruda o de Pedro Mir, hoy, es casi un acto de
resistencia. Hemos entrado en una era donde lo simple, lo inmediato y lo
“ligero” es preferido. Pensar cansa, y sentir profundamente asusta. En esta
carrera desenfrenada hacia ningún lugar, el pensamiento crÃtico y la
sensibilidad artÃstica parecen estorbar. La ignorancia -esa que no siempre es
culpa del ignorante- ha encontrado aliados poderosos: la prisa, el algoritmo y
el entretenimiento sin alma.
Y lo
paradójico es que nunca antes habÃamos tenido tanto acceso al arte como ahora.
Internet ha puesto a un clic de distancia la obra de los grandes maestros.
Pero, como advertÃa Antonio Gala en 1991, “figúrese usted que dentro de poco va
a ser posible que cualquier persona, apretando una tecla, sepa quién es
Velázquez, Goya o Cervantes. Pero me temo que esa persona no sentirá la menor
necesidad de hacerlo, y no apretará la tecla”.
Esa
profecÃa se ha cumplido con una exactitud estremecedora. La tecnologÃa nos dio
las llaves de todas las bibliotecas y museos del mundo, pero olvidamos cómo
abrir la puerta. No es culpa de la inteligencia artificial, ni del internet, ni
de los jóvenes. Es un sÃntoma colectivo, una enfermedad cultural que se
manifiesta en nuestra falta de hambre por lo auténtico, por lo complejo, por lo
bello.
Sin
embargo, no todo está perdido. La posibilidad de no dejar morir el arte está en
manos de muchos, y quizás -sÃ, quizás- esté ahora mismo en las suyas, lector.
Usted que ha llegado hasta estas lÃneas, tal vez con algo de escepticismo o
incluso aburrimiento, también puede salvar el arte. Porque si seguimos sumergidos
en este mar de locura colectiva, en este espacio-tiempo desquiciado,
terminaremos por dejar morir, o por matar, aquello que nos hace verdaderamente
humanos.


0 Comentarios