San Cristóbal, Por Julio César García. - Durante los años setenta, el carnaval de calle en San Cristóbal no era más que un recuerdo lejano. Las manifestaciones populares habían desaparecido y el ambiente festivo quedaba reducido a los salones del Casino local, un espacio exclusivo reservado para sus miembros y para contadas comparsas que lograban inscribirse.
En medio de ese vacío, nació una idea en
la mente de Leonardo Díaz García: devolverle el carnaval al pueblo, sacarlo a
las calles y darle una estructura propia que durara en el tiempo. Antes de
partir a Lima en 1979 a realizar sus estudios de maestría, dejó la semilla
sembrada tras diseñar de cabo a rabo la logística del desfile desde el calor de
su hogar.
Para fundamentar la propuesta con
identidad sancristobalense, Leonardo entrevistó al investigador Fradique
Lizardo, quien le confirmó que la familia Mañaná custodiaba la tradición de las
caretas típicas de la provincia. Con ese dato, buscó a Blanco Mañaná —a quien
conocía por haber vivido durante años frente a su casa— y gestionaron el primer
taller de confección de máscaras.
La cita fue en el patio de su propia
vivienda, en la calle Jesús de Galíndez número 3; allí, un grupo de muchachos
entre los que se encontraban el popular «Pire» y sus hermanos aprendieron el
oficio artesanal que mantendrían vivo en la comunidad durante décadas.
Al regresar de Perú en 1979, Leonardo
reasumió la dirección del Grupo Teatral La Rueda —que había quedado
temporalmente bajo el cuidado de Jorge Guigni— y convocó a otros colectivos
como La Higuera y Raíces Negras para hacer realidad el proyecto.
El presupuesto original era de apenas
500 pesos, destinados a tres premios, un perico ripiao, la amplificación de
sonido, afiches y el brindis del jurado.
Pese a enviar cartas al Ayuntamiento, a
la Gobernación y a la Fábrica de Vidrio, la fecha del evento se aproximaba sin
recibir respuesta ni respaldo financiero.
En una acalorada reunión en la casa de
«Martich», en la Avenida Libertad, los colectivos propusieron suspender la
actividad o limitarla a un simple desfile sin música ni premios. Ante esto,
Leonardo ofreció financiar los 500 pesos de su propio bolsillo para no echar
atrás los compromisos asumidos, lo que provocó cierta fricción con sus
compañeros, quienes lo acusaron de no respetar los consensos grupales.
Afortunadamente, una semana antes del
evento, la Fábrica de Vidrio entregó el cheque solicitado y el primer carnaval
de calle pudo celebrarse con todos sus elementos.
Con el paso del tiempo, tras su
conversión a la fe cristiana, Leonardo prefirió hacerse a un lado y dejar el
proyecto en manos de Jorge Guigni, quien continuó al frente como fotógrafo y
gestor a tiempo completo.
Aunque relatos posteriores atribuyeron
el origen del carnaval únicamente a un esfuerzo colectivo o a la figura de
Guigni, la memoria de los integrantes originales de La Rueda conserva la
certeza de cómo aquella visión individual, nacida en un patio de San Cristóbal,
le devolvió la alegría y caretas a todo un pueblo.


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