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Colaboradores del misterio de la creación, pero ¿hasta dónde?

 


San Cristóbal, Por Julio Simón Santos Ramos. -
Las facultades intelectuales de la especie humana nos separan de lo que definimos como animal en sentido estricto. Esos dotes intelectuales nos permiten, dentro de ciertos límites, manejar y comprender la realidad que nos rodea a través de la inteligencia, el raciocinio y la imaginación.

Estas habilidades son las que nos han posicionado como especie en el ecosistema, reconfigurando el mundo a nuestro modo, según entendemos conveniente. El ejercicio técnico, por ejemplo, nos permite reconstruir el mundo a voluntad, hibridar especies y hasta construir microescosistemas controlados para producir lo que queremos.

Este don técnico, que también pudiéramos llamar don de reforma (ya que nos permite reformar la vida),  nos hace por lo menos, administradores del mundo que hemos heredado. Es claro que el ser humano no es creador del mundo y tampoco de la vida, sin embargo, su función administrativa no está en duda, pues ha sido el rol que ha jugado desde el Jardín del Edén.

Este ejercicio administrativo ha estado guiado por el confort y la reducción de esfuerzo. La automatización de un proceso tiene como objetivo final reducir al mínimo posible o eliminar por completo los sacrificios necesarios para realizar una acción.

Desde una mirada rápida, la reducción de esfuerzos y el ahorro de energía para la ejecución de las tareas tiene sentido, pues, sobre todo, reduce tiempo, el cual puede ser utilizado posteriormente para otra cosa. Sin embargo, el principal problema de esa realidad es que posterior al ahorro de esfuerzo, se pierden las habilidades que permitían realizar dicho esfuerzo.

Por ejemplo, ante la aparición de la estufa, la población campesina comenzó a perder la habilidad de cocinar en leña. No me refiero a que perdió la capacidad de hacerlo, sino que se perdieron las destrezas para hacerlo en sentido óptimo, y con el paso del tiempo la falta de práctica hace que desaparezca por completo ese talento.

Lo mismo sucedió con la aparición de los vehículos automáticos; que posteriormente, la población perdió la habilidad de manejar vehículos mecánicos. Y así pudiera señalar cientos de ejemplos, que van desde la lavadora hasta dispositivos que indican cuándo un huevo ya está hervido.

A pesar de que esta realidad es preocupante, salta a la vista que hasta la aparición de la inteligencia artificial (IA) estas automatizaciones a las que hago referencia se mantenían dentro del campo práctico. Sin embargo, por primera vez en la historia de la humanidad tenemos un modelo artificial que puede emular, casi a la perfección, nuestro modo de razonar, pensar, interpretar la realidad y conversar. El modelo de lenguaje ChatGPT 4 puede conversar con una precisión deslumbrante. Partiendo de la discusión anterior ¿esta automatización, puede conducirnos hacia la pérdida de nuestras habilidades intelectuales, que es lo que en definitiva, nos separa del resto de los animales? O dicho de otra manera ¿qué perderíamos si dejamos que piense por nosotros? ¿qué significa que nuestra “imagen de Dios” esté ligada al uso de la razón?

La respuesta no es simple. Como cristiano considero que el proyecto humano-divino de administradores del mundo debe tener un límite claro, que, desde mi punto de vista, ha sido excedido con las pruebas de emuladores neuromórficos, que permiten que algunos modelos de IA pueden ir aprendieron, entrenándose y mejorando automáticamente superando la línea de su programación inicial. Es decir, estamos ante el umbral de modelos de inteligencia artificial que pueden automejorarse. Considero que, antes de seguir dando pasos como estos, es importante preguntarnos cuáles habilidades estamos dispuestos a perder y cuáles son las esferas que como administradores (y no dueños) no deberíamos tocar.

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