El ensayo nacional de emergencia dejó al desnudo la brecha entre la planificación oficial y la cruda realidad de nuestra cultura ciudadana.
San Cristóbal, Por Julio César García. - El pasado martes 8 de septiembre de 2026 se realizó a nivel nacional un simulacro cuyo objetivo era constatar qué tan preparado está el país ante un eventual evento catastrófico. El anuncio se hizo con suficiente antelación, asegurando que todas las instituciones del territorio nacional estuvieran enteradas y coordinadas para evitar confusiones.
Todo indicaba que la jornada
transcurriría con normalidad. Sin embargo, se omitió un detalle que en una
situación real resulta letal: la increíble capacidad de creatividad propia de
la ignorancia.
Al estar prevenidos con días de margen,
muchos asumieron que no había prisa alguna. Al tratarse de un
"ensayo", decidieron no desplazarse hacia las zonas de evacuación. En
algunos centros escolares, las directivas optaron por pedirles a los niños que
se cubrieran la cabeza, pero permanecieran dentro del aula, “porque era sólo un
simulacro”, pero la razón real es otra, estos centros no resisten una situación
de emergencia.
Las escuelas se convirtieron en el mejor
escenario para observar esta improvisación: profesores corriendo en distintas
direcciones, estudiantes a la deriva en medio de las calles sin un punto de
acopio claro y jóvenes cruzando las canchas sin orientación alguna. En
definitiva, una radiografía exacta de nuestra realidad.
Concluido el ejercicio, entraron en
escena los disimulos y los engaños: informes oficiales proclamando que todo
había salido de maravilla, el apañamiento malsano de la verdad para maquillar
los fallos y una lluvia de felicitaciones prefabricadas ante un evento que solo
dejó al descubierto nuestras fragilidades.
En fin, ante semejante panorama, solo
nos queda rezar para que el día en que nos enfrente una tragedia real nos haya
tomado confesados; así, al menos, nos quedará el consuelo de no terminar en el
infierno.


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