San Cristóbal, Por Julio César García. – El costo más alto que puede pagar una sociedad es la ausencia de una educación de calidad. Sin ella, cualquier otro avance es meramente cosmético, un barniz sobre una estructura en ruinas. Sin embargo, el Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD) sigue extraviado, incapaz de trazar una política que convierta el presupuesto en progreso y los planes en futuro.
En los pasillos del ministerio se
fabrican espejismos: congresos, talleres y evaluaciones de desempeño que
parecen diseñados no para educar, sino para justificar el gasto. Es la
arquitectura de la inversión inútil, donde los contratos se miden por la cercanía
con el poder y no por el impacto en las aulas.
La prueba más reciente de esta desidia
es el colapso del proceso de evaluación docente. En plena era de la
transformación digital, el MINERD ha tropezado con lo elemental. Mientras otras
instituciones (como los órganos electorales) han demostrado que la tecnología
puede ser un puente eficiente, el ministerio la ha convertido en un muro.
Pero este fallo no parece un accidente,
sino un síntoma. La falta de ensayos y pruebas apunta a una resistencia
deliberada: el éxito de la evaluación generaría compromisos con el magisterio
que el ministerio prefiere evadir. Detrás de este naufragio logístico, hay
quienes han llenado sus bolsillos. Este fracaso tiene beneficiarios con nombre
y apellido, lo que nos obliga a preguntar: ¿A quién pertenece la empresa
contratada? ¿Cuál fue el costo real de este caos? ¿Quién diseñó un sistema
condenado a fallar?
La educación dominicana urge de una
cirugía mayor. No basta con reformular contenidos; se requiere transparencia
absoluta y una redefinición ética de los roles jerárquicos. El docente necesita
garantías, no solo en su remuneración, sino en la dignidad de su entorno
laboral.
Hoy, el Ministerio de Educación ha
reprobado con notas que lo obligarían a repetir el curso. Sin embargo, en el
sistema que ellos mismos gestionan, el aprendizaje es opcional y la promoción
es automática. Así nos va: avanzando hacia el abismo con el diploma de la
mediocridad bajo el brazo.


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