San Cristóbal, Por: Julio César García. - Hay heridas que gritan, pero hay otras que se graban en el silencio. La foto que encabeza este texto es un testimonio mudo, pero contundente, de un sufrimiento profundo.
No escuchamos el crujido desgarrador ni
el quejido de la fibra al romperse. No hubo alaridos, pero sí hubo dolor. Y el
árbol, en su inmensa sabiduría y su absoluta soledad, encontró una forma de
materializar sus sentimientos.
No es simple savia lo que brota de la
corteza. Son lágrimas. Lágrimas que nacen de sus entrañas heridas, un río de
dolor que busca la superficie y, al contacto con el aire, se congela.
Una herida en las entrañas
El árbol no tiene voz, pero su respuesta
es visceral. Ante la agresión, su savia se espesa y se transforma, buscando
sellar el vacío. En ese proceso, llora. Y en sus resinosas lágrimas nos invita,
casi con desesperación, a unirnos al dolor de sus entrañas.
No es solo una reacción química; es un
acto de supervivencia poética. El árbol herido nos señala a todos. Nos pone
frente a un espejo donde nos reconocemos como cómplices de su padecimiento, ya
sea por nuestra acción o por nuestra indiferencia.
Una Triste Cristalización
Lo que vemos es el instante exacto en
que el sufrimiento se volvió piedra preciosa. Es la cristalización del dolor en
color ámbar. Cada gota es espesa, pegajosa y pesada, como si cada una cargara
con el peso de la propia vida del árbol que se le escapa.
Esta resina no es solo una barrera
física; es un mensaje visceral. Es una invitación desesperada a detenernos y a
unirnos al dolor que late en el corazón de la madera.
El Cómplice Silencioso
Al mirar estas lágrimas ámbar, no
podemos ser simples espectadores. Su brote nos señala. Ese tronco herido,
aunque majestuoso, nos expone a todos como cómplices de su sufrimiento. Sea por
acción directa, por negligencia o por la indiferencia colectiva ante la salud
de nuestro entorno, esa herida también es nuestra responsabilidad.
Cada gota pegajosa que desciende es un
S.O.S. mudo. Es la súplica de un ser vivo que, aunque no tiene voz para gritar,
nos implora ayuda y nos recuerda nuestra conexión ineludible.
La próxima vez que veas una herida de
ámbar en un árbol, no veas solo química. Ve la historia de su dolor
cristalizado. Ve sus lágrimas. Y pregúntate: ¿Qué estamos haciendo para detener
su llanto?



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