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La estética planchada: cuando la belleza borra la verdad


San Cristóbal, Por Julio César García. -
En tiempos donde la imagen lo es todo, la estética se ha convertido en una forma de censura. Lo que no encaja, se borra. Lo que incomoda, se suaviza. Incluso lo sucio —la indigencia, la ruina, el abandono— se muestra limpio, estilizado, casi poético. Las arrugas desaparecen. Las manchas se convierten en texturas artísticas. Y lo que debería interpelarnos, se convierte en decoración. ¿Qué nos dice esta tendencia sobre nuestra relación con la verdad?

El canon de lo liso

Vivimos bajo el imperio de lo pulido. Desde las redes sociales hasta las imágenes generadas por inteligencia artificial, todo parece estar sometido a una lógica de perfección visual. Las superficies deben ser lisas, los rostros simétricos, los paisajes despejados. Incluso cuando se representa el dolor, se hace con una estética que lo embellece: lágrimas que brillan como perlas, ropas rotas, pero perfectamente planchadas, miradas tristes pero fotogénicas.

Este fenómeno no es casual. Es el resultado de una cultura visual que ha aprendido a rechazar el accidente, el pliegue, la imperfección. Lo arrugado se asocia al descuido, a la vejez, a lo que ya no sirve. Y en una sociedad que idolatra la juventud, la eficiencia y la belleza, no hay espacio para lo que interrumpe la armonía.

El algoritmo como esteta

Las inteligencias artificiales que hoy generan imágenes aprenden de millones de fotografías, ilustraciones y diseños. Pero no aprenden la realidad: aprenden lo que se muestra. Y lo que se muestra está filtrado por criterios editoriales, publicitarios y culturales que privilegian lo estéticamente aceptable.

Así, cuando una IA genera la imagen de una persona en situación de calle, lo hace a partir de representaciones que ya han sido estilizadas. El resultado: rostros sucios pero bellos, ropas desgastadas pero sin una sola arruga, escenarios de abandono que parecen salidos de una galería de arte. La pobreza se convierte en metáfora visual, no en denuncia.

La censura estética

Este afán de mostrar todo limpio, aún lo más sucio, tiene implicaciones profundas. Porque cuando la belleza se impone sobre la verdad, lo que se borra no es solo una arruga: es una historia. Es el cuerpo que ha dormido sobre cartones. Es la ropa que ha sido usada durante semanas. Es la piel que ha sentido el sol, la lluvia, el desprecio.

La estetización del dolor puede convertirse en una forma de invisibilización. Nos permite mirar sin ver. Sentir sin incomodarnos. Y en ese proceso, perdemos la capacidad de empatía. Porque la belleza, cuando se impone como filtro, nos distancia de lo humano.

¿Qué estamos ocultando?

La pregunta que emerge es incómoda: ¿por qué necesitamos que todo se vea bien? ¿Qué nos incomoda de lo arrugado, de lo roto, de lo que no encaja? Tal vez sea el miedo a reconocer nuestra propia fragilidad. Tal vez sea la necesidad de controlar lo que no podemos entender. O tal vez sea simplemente el resultado de una cultura que ha confundido la estética con la verdad.

Pero si el periodismo, el arte y la educación tienen una misión, es precisamente la de mostrar lo que otros prefieren ocultar. No para incomodar por incomodar, sino para despertar conciencia. Para devolverle al espectador la capacidad de ver más allá de la superficie.

Hacia una estética del coraje

Reivindicar las arrugas no es un gesto estético: es un acto político. Es decir que lo imperfecto también merece ser visto. Que lo roto también tiene valor. Que lo sucio también cuenta una historia.

En un mundo que plancha todo, mostrar lo arrugado puede ser un acto de resistencia. Porque en cada pliegue hay una memoria. En cada mancha, una experiencia. Y en cada accidente, una verdad que merece ser contada. 

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