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Caminos que parecen regresarnos a “aquella Roma”


San Cristóbal, Por Julio César García. -
En medio de una cultura global que avanza sin pausa hacia la apertura total, surge una pregunta inquietante: ¿estamos cuidando a nuestros niños, niñas y adolescentes como deberíamos? La historia de Roma, con su esplendor y decadencia, ofrece una metáfora poderosa para reflexionar sobre los límites de lo permisivo en nuestras sociedades actuales.

Durante el auge del Imperio Romano, prácticas como la promiscuidad y la homosexualidad eran comunes y socialmente aceptadas. Más allá de juicios morales, lo que llama la atención es cómo una civilización tan avanzada permitió que ciertos excesos se normalizaran, incluso cuando afectaban a los más vulnerables. Hoy, en pleno siglo XXI, enfrentamos una situación similar: una exposición temprana de la niñez a contenidos, discursos y entornos que no siempre respetan su etapa de desarrollo.

La preocupación no radica en negar la diversidad humana ni en invisibilizar realidades que forman parte de nuestra historia y presente. El problema surge cuando esa diversidad se presenta sin filtros, sin pedagogía, sin cuidado. Cuando todo se muestra, todo se celebra y todo se permite, incluso frente a quienes aún no tienen las herramientas emocionales ni cognitivas para procesarlo.

Expertos en desarrollo infantil advierten que la sobreexposición a estímulos sexuales, violentos o ideológicos puede afectar el crecimiento físico, emocional y mental de los menores. La niñez necesita espacios seguros, tiempos adecuados y adultos responsables que acompañen su formación con sensibilidad y criterio.

En palabras del filósofo Byung-Chul Han, “la transparencia total destruye la confianza”. Y en ese afán de mostrarlo todo, de permitirlo todo, corremos el riesgo de perder lo esencial: el cuidado. Porque una sociedad que no protege a sus niños está caminando hacia su propia decadencia.

No se trata de retroceder ni de censurar, sino de avanzar con conciencia. De construir una cultura que celebre la libertad, sí, pero que también entienda que educar implica establecer límites, orientar, formar. Que la niñez no es un terreno para la experimentación ideológica, sino un espacio sagrado que merece respeto.

Caminando hacia Roma es entonces más que una metáfora. Es una advertencia. Es una invitación a mirar hacia atrás para no repetir errores, y a mirar hacia adelante con responsabilidad. Porque el futuro de cualquier sociedad depende, en gran medida, de cómo trata a sus niños hoy. 

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